Columna de opinión: Dumek Turbay gobierna como si estuviera permanentemente en tarima. Siempre hay micrófono, siempre hay cámara, siempre hay frase contundente. El problema es que mientras el alcalde actúa como maestro de ceremonia de su propia administración, la ciudad que dirige se le desordena entre las manos.
Cartagena no necesita un animador político. Necesita un gerente de seguridad. Y los números no mienten. El más reciente informe de Cartagena Cómo Vamos revela que el 53 % de los cartageneros se siente inseguro y que el 63 % considera que en la ciudad no se respeta la vida. No es una percepción aislada: es una mayoría clara que vive con miedo.
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Cuando más de la mitad de la población se siente insegura, el problema no es de narrativa, es de gobierno. Cuando seis de cada diez ciudadanos creen que la vida no se respeta, el discurso de autoridad pierde fuerza. La seguridad dejó de ser un tema estadístico y se convirtió en una experiencia diaria: el atraco en la esquina, la balacera que interrumpe la noche, el barrio que se encierra temprano.
El alcalde tiene carácter para confrontar, para polemizar, para responder con firmeza en redes sociales. El alcalde tiene huevo para la controversia. Pero gobernar no es responder con bravuconadas ni convertir cada crítica en un duelo personal. Gobernar es dar resultados sostenidos. Y ahí es donde la ciudad empieza a pasar factura.
Cartagena no necesita un sheriff de discurso ni un influencer institucional. Necesita una estrategia seria contra el crimen, coordinación real con la fuerza pública, intervención social en los barrios más golpeados y una política integral que vaya más allá de operativos mediáticos. El problema es que la seguridad parece estar atrapada entre anuncios rimbombantes y fotografías bien producidas.
La pregunta incómoda es inevitable: ¿de qué sirve el tono fuerte si la percepción ciudadana sigue deteriorándose? ¿De qué sirve la retórica de autoridad si la gente no siente protección? El liderazgo no se mide por el volumen de la voz sino por la tranquilidad de las calles.
El alcalde tiene huevo, sí. Pero el coraje verdadero no se demuestra en la confrontación política sino en la capacidad de transformar una realidad adversa. Se demuestra cuando las cifras empiezan a cambiar, cuando la percepción mejora, cuando la ciudadanía recupera la confianza.
Hoy la sensación dominante es otra. Es la de una ciudad que escucha discursos firmes mientras vive una inseguridad persistente. Es la de una administración que comunica poder, pero no logra transmitir tranquilidad.
Cartagena no necesita más espectáculo. Necesita resultados. Porque cuando el miedo se normaliza, lo que está en juego no es la imagen del alcalde, sino la dignidad y la vida de quienes habitan la ciudad.


