martes, enero 13, 2026
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“Hágala llorar”: Uribe, las bodegas y la política del matoneo

Durante años, en Colombia se intentó normalizar una práctica profundamente antidemocrática: las bodegas digitales. Se les llamó “militancia”, “activismo” o “defensa en redes”, cuando en realidad operaron como mecanismos de intimidación, linchamiento y silenciamiento. No fueron expresiones espontáneas de opinión ciudadana, sino estructuras coordinadas, con objetivos claros y órdenes precisas. Hoy, cuando un video deja al descubierto esa maquinaria, ya no es posible seguir fingiendo ingenuidad.

“Hágala llorar”.
La frase es brutal, directa y reveladora. No es una interpretación malintencionada ni un montaje: es una orden política. En un video ampliamente difundido en redes sociales se escucha al expresidente Álvaro Uribe Vélez hablar sin rodeos de activar bodegas digitales para quebrar emocionalmente a una mujer. No para controvertir ideas. No para debatir argumentos. Para hacerla llorar.

El material es devastador porque expone, sin eufemismos, una práctica que durante años fue denunciada y sistemáticamente negada: el uso organizado del matoneo digital como herramienta política. Y en ese mismo video aparece con claridad quién articula y recibe esa instrucción: Julia Correa, hoy presentada como figura política, ayer promovida como “bloguera” y “columnista” por Semana.

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Ese punto es clave. Porque Julia Correa no es una ciudadana cualquiera opinando en redes. Es una activista digital legitimada por un medio que renunció al periodismo para convertirse en plataforma de agitación. Su papel no fue informar, investigar ni analizar: fue movilizar bodegas, amplificar ataques y convertir el señalamiento personal en contenido editorial.

Que quien da la orden sea Álvaro Uribe no sorprende. Encaja con una trayectoria política marcada por la estigmatización del contradictor y por graves cuestionamientos históricos. No se trata de rumores ni de persecuciones ideológicas. Se trata de hechos documentados.

El hermano del expresidente, Santiago Uribe Vélez, fue condenado en segunda instancia por la justicia colombiana como líder del grupo paramilitar “Los 12 Apóstoles”, responsable de homicidios y crímenes que la sentencia ubicó dentro del marco de delitos de lesa humanidad. Ese no es un relato de redes: es una decisión judicial. Y ese antecedente no puede separarse del contexto político y ético desde el cual hoy se normaliza el matoneo, el señalamiento y la persecución, ahora trasladados al terreno digital.

Lo que revela el video no es solo una frase desafortunada. Revela una concepción del poder: destruir al otro, humillarlo, quebrarlo emocionalmente. Antes desde estructuras armadas ilegales; hoy desde enjambres digitales. Cambia el medio, no la lógica.

En ese engranaje, Julia Correa no fue una periodista crítica ni una voz incómoda. Fue una operadora política con columna, una figura utilizada para dar apariencia de opinión a lo que en realidad era una estrategia de intimidación. Su ascenso no se explica por méritos intelectuales, producción investigativa o aportes al debate democrático, sino por su funcionalidad dentro de una maquinaria de confrontación y ataque.

La responsabilidad de Semana es ineludible. Durante años permitió que el activismo más agresivo se disfrazara de periodismo, que el linchamiento digital se presentara como opinión y que el odio circulara con sello editorial. Esa es la deuda histórica: haber degradado el oficio y haber confundido deliberadamente información con propaganda.

Hoy, cuando los audios y videos dejan al descubierto la coordinación de bodegas y el lenguaje de la intimidación, ya no hay espacio para la ingenuidad. No fue espontáneo. No fue exceso de seguidores. Fue una estrategia política organizada, tolerada y promovida.

Colombia no puede aceptar como normal que un expresidente impulse campañas para “hacer llorar” a ciudadanos, ni que quienes ejecutan esas órdenes pretendan ocupar espacios de poder presentándose como líderes de opinión. Eso no es debate democrático. Es violencia política en versión digital.

El video no solo desnuda a Julia Correa. Desnuda una forma de hacer política que creyó que el miedo, el odio y el matoneo podían sustituir las ideas. Y desnuda también a los medios que decidieron ser parte de ese engranaje.

Editorial

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